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A fines de la década de 1950, la Argentina comenzó un rápido proceso de expansión industrial. A este desarrollo se sumó un cambio en las políticas del Estado argentino relacionadas con la investigación científica y la producción intelectual. En las universidades, los programas de estudios se modernizaron, y se añadieron nuevas disciplinas del conocimiento: como la Sociología, la Economía y las Ciencias de la Educación, y en 1958 se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), bajo la dirección del premio Nobel de Medicina Bernardo Houssay. La preocupación del gobierno se evidencia en la increíble cifra del 20% del total del Presupuesto nacional, que se aportaba anualmente a Educación. Para principios de la década del 60, el clima de prosperidad y crecimiento económico se reflejó de manera evidente en la vida cultural. En esta época se renovaron instituciones tradicionales como el Museo Nacional de Bellas Artes, y se crearon otras nuevas, como el Museo de Arte Moderno. Se abrieron distintos espacios de experimentación cultural. La sociedad intentaba reflejar el espíritu de una época, donde el progreso económico y la renovación cultural parecían ser infinitos. Durante la década del 60, los jóvenes de esta época vivían una realidad muy distinta de las juventudes de décadas anteriores. El afianzamiento de los sectores asalariados y las políticas de bienestar social abrían un nuevo panorama. A diferencia de sus padres, muchos jóvenes de los años 60 podían estudiar sin necesidad de trabajar y contaban con dinero suficiente para gastar en bienes de consumo, como radios, tocadiscos, ropa, y música envasada. Llegado el año 1966, la Argentina vivía un clima de efervescencia y renovación cultural sin precedentes. El cine, la literatura y las artes plásticas recibían la consagración del público y la crítica, tanto en el país como en el extranjero; mientras que la juventud, la gran protagonista de la hora, ponía a prueba todos los modelos y valores establecidos, llenando de color y libertad la vida cotidiana. Cuando todo indicaba que el cambio cultural llegaba para quedarse, un nuevo golpe militar cambió violentamente la escena. El 28 de junio de 1966, el presidente constitucional Arturo Humberto Illia es derrocado por el teniente Juan Carlos Onganía. A horas de tomar el poder, el gobierno de facto recortó las libertades políticas e impuso una fuerte censura a las actividades artísticas e intelectuales. El modelo económico dictatorial, favorece a los capitales concentrados en detrimento de las pequeñas y medianas empresas. En cuestión de días, todas las audacias que caracterizaron los primeros años de la década del 60 comienzan a diluirse, y lo que antes del golpe era considerado como “novedoso” o “alternativo” cae bajo el rótulo de “sospechoso” o “subversivo”. Los símbolos de la rebeldía juvenil, como el pelo largo, la ropa colorida, los pantalones anchos y las minifaldas, se convirtieron en un factor de persecución policial; y acciones como tocar la guitarra en la calle o besarse en el banco de una plaza constituyeron faltas que son castigadas como delitos. La universidad pública y la investigación científica, dos baluartes de las políticas desarrollistas, comienzan un sombrío período de control ideológico y persecución política; todo esto se tradujo en presiones sobre la comunidad universitaria que terminan por explotar el viernes 29 de julio de 1966, a un mes del golpe militar, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA en la eterna Manzana de las Luces; cuando la Guardia de Infantería policial que dirigía el general Mario Fonseca embistió a garrotazos y con gases lacrimógenos contra estudiantes, docentes y profesores extranjeros invitados; ciudadanos universitarios que tomaron la facultad (junto con otras 4 otras facultades más de la UBA) ya que se oponían a la intervención militar. La dictadura tenía fines determinados para con la Universidad Pública Argentina: poner fin a la autonomía universitaria y la libertad de cátedra; silenciar las críticas; escarmentar la rebeldía estudiantil; exterminar todo tipo de pensamiento libre; y, no menos importantes para ellos, bajar el “gasto” en educación. Como consecuencia 1378 docentes renuncian o parten al exilio. Unos 301 emigraron: 215 eran científicos y 86 investigadores en distintas áreas. En algunos casos equipos completos fueron desmantelados. Es lo que sucedió con el Instituto de Cálculo de Ciencias Exactas, que operaba a Clementina, la primera computadora de América Latina. Lo mismo sucedió con el Instituto de Radiación Cósmica. Con la intervención del gobierno militar a las universidades se aplicó una estricta censura en los contenidos de enseñanza universitaria y se desmanteló el proyecto reformista de universidad científica de excelencia, sobre la base de la estrecha vinculación entre investigación, docencia, y el pueblo argentino. Cuarenta y cuatro años después de “la noche de los bastones largos”, podemos afirmar que se quebró, aquella noche infame, no sólo la más formidable acumulación y generación de conocimiento científico y cultural que la Argentina había logrado hasta mediados del siglo XX, sino también se abrió el camino a la intolerancia y la decadencia. Claras secuelas del sistema impuesto por la dictadura son las desigualdades sociales generadas por el capitalismo, la censura sobre todo tipo de espacio cultural, la persecución violenta a militantes políticos y agrupaciones estudiantiles, la aparición de las primeras villas miserias; todos hechos que hoy en día conforman heridas que aun siguen abiertas y son difíciles de cerrar; y que calaron hondo en la piel de la sociedad argentina. Es por esto que desde el Movimiento Nacional Reformista (MNR), apostamos a la consolidación de las instituciones democráticas y consideramos a la educación como emancipadora de la población y una de las principales soluciones de los problemas que aquejan a la sociedad argentina. Sin educación, la verdad se esconde. Sin educación, no hay democracia. Sin educación, hay miseria. Sin educación, los bastones cada vez son más largos y hieren más fuerte. 
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